Donald Trump es, sin duda, el acaparador de la actualidad internacional. Más allá de unas formas impresentables en donde todo cabe (narcisismo enfermizo, burlas y humillaciones a propios y extraños, insultos y retórica matonil), sus imprevisibles anuncios y actuaciones al margen de la diplomacia y sin el mínimo respeto al ordenamiento internacional, están poniendo patas arriba el complejo equilibrio geopolítico mundial. Da igual si se trata de Gaza, Ucrania, Venezuela, Irán o Groenlandia. El único interés que parece mover al magnate al frente de la Casa Blanca es el económico, en beneficio propio y el de su familia y allegados. Sin pudor alguno, saltándose convenciones, tratados y fronteras, con el uso de la fuerza económica o millitar, Trump parece creerse el rey del mundo al que todo el planeta debe pleitesía y sometimiento. Por no hablar de la represión y maneras autócratas en lo referido a su política interna.
Las tensiones e incertidumbres que se derivan de todo ello no auguran un futuro alagüeño. Su deriva política y el auge de personajes semejantes a este ególatra ultra están poniendo en guardia incluso a algunos sectores del conservadurismo democrático, como está ocurriendo en Europa a raíz de las pertensiones trumpistas sobre Groenlandia. En estas circunstancias cobra más necesidad que nunca que Europa y los sectores progresistas -o los que no, pero que abominan del populismo neofascista rampante- unan esfuerzos en defensa de los principios democráticos y la diplomacia multilateral.
